Gears
Mi experiencia con la tecnología se divide, al menos este año, entre antes y después del 15 de Noviembre. Ese día, una semana después del Emergence Day, llegaron a la oficina dos copias de Gears of War.
Gears no aporta ningún concepto nuevo, todo está en la ejecución. En la conjunción de tres ideas:
Todo eso envuelto en un brillante paquete de gráfico. Los escenarios en Gears son, en ciertos momentos, conmovedores. Memorables.
Luego de que uno deja de babear por los gráficos y se dedica a ganar el juego, descubre al poco tiempo que es posible unirse a partidas cooperativas y continuar de manera transparente. Perdí la virginidad de varias maneras cuando, a mitad de una misión, I me escribió y me dijo ‘invítame’. Pausa, seleccionar su gamertag, invite to game y, sin detener la acción, sin recomenzar el nivel, sin brincos raros, sin siquiera una pausa para coger aire, I tomó el control de uno de los miembros de mi equipo. Nada como caerse a plomo, sangrar con tus compañeros de oficina un sábado por la tarde (We happy few, we band of brothers)
Ese podría ser el instante en que empecé a vivir en la segunda mitad de la primera década del siglo XXI.
Desde entonces, dedico grandes porciones de mi tiempo libre a cooperar con desconocidos en línea, la excusa perfecta para tener un shot de adrenalina (porque si hubiese que describirlo con una palabra, sería frenético) y revivir esos escenarios que pasé sin detenerme en el paisaje.
Loco
Desde hace años pienso que el mundo necesita más Pac Man. Los juegos no-violentos son escasos porque requieren mucho más cerebro para crearlos. No puedes mentirle a la gente con unas escenas cinemáticas o disfrazar las fallas con plomo.
LocoRoco me impresionó de la misma manera que Katamari Damacy y Lumines lo hicieron el año pasado. Sencillo y al grano, siguiendo el canon de Bushnell, LocoRoco es fácil de aprender pero difícil de dominar. La premisa: eres una plasta de… ¿algo? y debes recorrer un mundo agregando plastas similares a ti para hacerte más grande (y salvar a las plastas huérfanas que hay por ahí). El juego se controla con sólo dos botones, que inclinan la pantalla a un lado o a otro. La gravedad se encarga del resto (más simple imposible).
Mientras recorres los mundos, LocoRoco va cantando una canción única para cada nivel y cada tipo de LocoRoco. Parece infantil, de hecho, a primera vista lo es. Sin embargo, durante las primeras dos horas no pude jugar sin reírme (en momentos, lo confieso, a carcajadas). Sólo eso es un logro. Gracias a su simplicidad, a ese vacío de lógica, LocoRoco evoca a uno esos juegos de la vieja guardia de los que podría extraerse una filosofía de vida.
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[...] importa si uno no está interesado en los videojuegos. No es lo mismo caerse a plomo en Insane de Gears of War que agarrar una guitarra de juguete y físicamente interpretar un tema legendario del [...]