Mientras recorre el instructivo de seguridad, la azafata trastabilla. Es su primer vuelo.
Sus manos tiemblan al enganchar el salvavidas sobre su vientre. Cuando sopla sobre el tubo derecho, su aliento se entrecorta y en esa estrecha abertura labial cabe el universo.
Al repetir la mueca sobre el izquierdo, me mira.
De todo el avión, me mira.
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¡Qué de pinga! Dicen que existimos sólo cuando nos miran. Y Dante resumió el limbo al que estaban condenados los poetas con está vertiginosa y breve sentencia: condenados a vivir en el eterno anhelo sin esperanzas. Ese castigo lo heredamos todos nosotros