la síntesis no es alentadora: la improvisación de unos monótonos dodecasílabos, hechos por un médico famoso por su humor y puestos en clave musical de arrullo, con alguna flaqueza poética y cuestionables pulsiones proféticas. Eso fue lo que Antonio Guzmán Blanco, setenta y un años después de compuesto, declaró Himno Nacional. Ése es el arrorró que hoy oímos, por decreto, cada seis horas en todos los medios audiovisuales. Es como si sus versos estuvieran pensados desde 1810 para iniciar los desfiles militares, los días de clase, los actos protocolares… en síntesis: para adormecernos.
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