Caracas, Familia, II

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Vas caminando por un pasillo dentro de un bloque de oficinas en las antípodas de tu hogar. Has pasado por allí al menos diez veces, dos paredes blancas, anónimas, decoradas con fotos que siempre has ignorado. De pronto, por el rabo del ojo pillas algo, un tono de azul, una piel morena, una mezcla muy específica de ruinas, concreto y selva. Volteas y allí está. Como un amigo cuyo paso reconoces a la distancia. La voz de un familiar que nunca olvidas. Caracas, familia, te mira en silencio, te juzga como diciendo “¿Por qué te fuiste? ¿Por qué nunca sembraste?”

 

The Martian | Andy Weir

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Un botánico se queda varado en Marte e intenta sobrevivir. The Martian, de Andy Weir, es un cruce entre Cast Away, Apolo 13 y MythBusters, en Marte.

Concretamente, es como si una versión de Adam Savage se quedara varado en otro planeta –la referencia es a propósito. Me enteré de este libro vía Still Untitled, el podcast de Savage.

No está del todo bien escrito, Weir apenas puede contener su entusiasmo y se olvida de desarrollar los personajes secundarios. Tiene todas las señas de una obra autopublicada por un autor novato, pero es tan ingenioso que me ha divertido un montón. Si eres ingeniero, te gusta la exploración espacial, hackear y esas cosas, es un libro para ti.

El Marciano (en español)

The Martian: a Novel

 

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La logística de migrar

Hay gente que encuentra confort en los objetos y se define por los adornos que muestra, los libros de su biblioteca, los muebles. Conozco a muchos y he sido castigado en Facebook con su drama a la hora de coordinar cómo llevarse sus pertenencias a otro país. Esa prisión es cruel, porque terminas pagando transporte y alquiler para estar cerca de las cosas que has acumulado.

La mayoría descubrimos, tarde o temprano, que cada alfiler que te llevas tiene un costo asociado y el valor sentimental de las cosas dura hasta el primer día que te quedas sin plata y sin trabajo y no puedes comerte los libros.

Pero he visto que, incluso para los más acaparadores, los objetos van perdiendo valor luego de la segunda migración. Esto es porque tu vida se fragmenta cada vez que cambias de país. Si repites y repites, llegas a un punto en el que sólo viajas con tu pasaporte, tus afectos y la memoria.

Cuando conoces a gente que ha migrado tres o cuatro veces –y no son diplomáticos de carrera– descubres en sus ojos y en su manera de hablar que algo adentro se rompió. Yo me aventuro a decir que eso se debe a que te desprendes de todo una y otra vez. Y cuando digo todo, no hablo de objetos solamente.

Son cosas muy difíciles de transmitir o contar, porque la secuencia de eventos que ocurren entre tomar el bus con tus dos maletas y sobrevivir tu primer mes sin llorar, no responden a un proceso estructurado. No hay una secuencia de pasos para la estabilidad del migrante.

Muchos –casi todos– creen que migrar es mudarse. Pero en realidad, el mayor reto logístico está en reacomodar tu mente. Nadie te avisa ni te aconseja cómo será. Nadie te cuenta sobre aprender a hablar otra vez, sobre el desarraigo, el fracaso inminente, la sensación perenne de que estás siempre uno, dos, veinte pasos por detrás en todos los aspectos; sobre el vértigo cuando te das cuenta de que el país que elegiste para morir no puede darte lo que buscas, otra vez. Nadie te explica que migrar es desprenderse una curita muy, muy lentamente y si lo haces varias veces, dejas de sentir dolor.

 

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