No lo conseguirás en Italia

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Orlando me cuenta que la chicha El Chichero ya no sabe igual, sabe a agua con arroz, dice. Estoy preparado para escuchar eso porque ya he lidiado con la pérdida de muchos sabores. Pero la chicha…

Cuando bebía El Chichero —y esta es la única que causa este efecto—, me transportaba automáticamente a mi niñez, en casa de mi abuela materna, lejos de todos los problemas del mundo. La untuosidad de esa chicha emulaba a ese manto que nos cubre cuando niños y que de alguna manera filtra el horror de la vida adulta.

A pesar de estar habituado a la idea, saber que nunca más voy a experimentar eso me afecta; y me recuerda, una vez más, a los Pirulines. En mi mente, el tipo al que Sindoni le compró la receta de Pirulin, emigró desde el Piamonte —tierra de la Gianduia— y pasó años tratando de recuperar el sabor y la textura de su infancia, experimentando con materiales y proporciones, una y otra vez. La historia de un comienzo en Venezuela, como muchos otros comienzos en América.

La receta se convirtió en una de las golosinas emblemáticas de Venezuela, pero estoy convencido de que fue una victoria taciturna para su creador, porque el Pirulin es, como todo recuerdo, sólo una aproximación.

Yo también he tratado de conseguir el Pirulin original en Italia. Una vez le di un paquete a un amigo italiano y le dije “estoy buscando un sabor como este”, cual piedrero en carencia (puedo haber tenido los ojos desorbitados, también). Cada vez que entro en un supermercado en otro país, busco, compro y pruebo barquillas. En Grecia descubrimos las Caprice de Papadopoulou, que son maravillosas y me gusta imaginar que también vinieron de Italia. A veces, cuando miro a la montaña, pienso que detrás está el Piamonte y… ¿quién sabe, no?

Pero no. Soy un emigrante y debería saber qué es lo que pasa en tu país luego de que te exilias. No hay Pirulin detrás de la cordillera, no hay Pirulin en Italia, porque el producto, el sabor y sus creadores, murieron en la guerra.

 

Prince

prince

Anoche, mientras manejaba en silencio hacia la ciudad, pensé en Prince, en como dentro de poco podremos festejar como si fuera 1999 + 20. ¿Cuántos años tendrá Prince?, me pregunté. Esta mañana supe la respuesta cuando leí que había muerto.

Purple Rain fue el primer cassette que compré por mi cuenta. Tenía 9 años y el comienzo de Let’s Go Crazy me voló el cerebro; un llamado a congregarse alrededor de un disco absolutamente peligroso, que resume muy bien el gran logro de Prince: combinar lo divino y lo obsceno, pavimentar con cuerpos desnudos el camino hacia la beatificación. Prince, el artista, era la encarnación definitiva de la estrella de rock como símbolo sexual, el tipo —¿el único tipo?— que podía cerrar un disco con los gemidos de un orgasmo y dejar caer en televisión un video de 5 minutos sobre una aventura de una noche:

música

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Las herramientas del emigrante

eb

Emigrar es una putada. Justo cuando aprendes qué es un benjamín, te toca irte. Al día siguiente te encuentras en la ferretería tratando de explicar qué es un dado de rachet, o qué significa “marcador” y no puedes usar las palabras-comodín —“bichito”, “vaina”, “cosa”— que te sirvieron para aprender esos nombres en primer lugar. Estás ahí desnudo frente al mostrador, deteniendo el tráfico sin poder nombrar el más básico de los objetos, malparando al gentilicio con un acento que delata no sólo una incapacidad para pronunciar ciertas consonantes, sino quizás también algún tipo de retraso mental.

Cuando me fui, una de las primeras cosas que metí en la maleta fue un destornillador. Ese destornillador no es uno cualquiera. Es un destornillador múltiple, de esos a los que se les cambian las puntas. Un destornillador que cayó en mis manos de una manera imprecisa, hace un igual número de años. No me lo robé —al menos no conscientemente. Pero tampoco ubico cuándo apareció en mi vida. Las herramientas son así a veces: no sabemos como llegan ni cuanto tiempo estarán con nosotros.

Tiene una inscripción en el vástago: “EB” y de vez en cuando, durante una pausa entre tornillos que sobran, me entretengo enumerando los nombres que forman esas siglas. ¿Esteban Bolívar? ¿Eugenio Ballesteros? ¿Eduardo Bonilla? ¿El Becerro… que me prestó este destornillador?

EB me acompañó durante mis primeros años como técnico de PCs y era, junto a un chip Pentium de 33Mhz, la única evidencia de que alguna vez trabajé en los 90s.

Pero la razón para incluirlo en la maleta de imprescindibles no fue puramente sentimental, era parte de un truco mental: EB fue esencial para hacerme creer que al final de ese viaje yo llegaría a un lugar que, luego de algunas maromas, podría llamar hogar.

Porque, verás, si yo no tengo herramientas en un lugar, ese lugar no es hogar, porque “todo hombre debería tener las herramientas correctas para hacer reparaciones eventuales”. Es una de las últimas cosas que valida nuestra existencia en la tierra. Hay que temerle a las mujeres que pueden desmontar y arreglar el compresor del refrigerador, porque son el último estado de evolución del homo sapiens, la etapa previa al hermafroditismo y la irrelevancia del género masculino.

Así que lo normal para una persona que emigre y comulgue con lo que acabo de escribir es llegar, ir a la ferretería más cercana, comprar una caja de herramientas y comenzar a llenarla. No fue mi caso. Yo llegué a una casa que ya tenía una caja, martillo, alicate de presión, clavos y un taladro que, junto a muebles, botellas y una mujer, alguna vez estuvieron involucrados con otros hombres.

Hay algo que parece un instinto, pero es más bien el resultado de una sugestión: la capacidad para identificar instantáneamente qué falta en una caja de herramientas. En ese caso fue un buen alicate pico de loro, una piqueta y un rollo de telfón. Eso y dos botes de pintura fue lo que busque en mi primera visita a la ferretería del barrio.

No fue firmar un contrato de alquiler, ni obtener un documento de identidad, o que luego de unos días el policía de la esquina reconociera mi cara y me saludara. Lo que me hizo sentir que había llegado fue pintar un apartamento, apropiarme de esas herramientas ajenas, tapar agujeros y abrir otros, fue llamar a un amigo para fijar anaqueles y armarios, fue decir “yo me encargo” y descubrir que esa parte de mi había sobrevivido al desarraigo. Lo que me hizo sentir que había llegado fue ayudar a levantar un hogar en donde antes sólo había herramientas.