El Taller de Paul (las herramientas del emigrante, 2)

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La segunda vez que migramos, llegamos a una casa del siglo XIX, remodelada por sus dueños más recientes, una pareja de exiliados británicos que convirtieron lo que fue una casa de campo, una posada, y una tienda de antigüedades, en su residencia principal. Vivíamos en un anexo y la mitad de ese anexo estaba ocupado por el taller de Paul, un espacio de unos veinte metros cuadrados, dominado por una gigantesca mesa de trabajo, perennemente cubierta con varios estratos de herramientas, manchas de pintura, yeso, escombros y bocetos de proyectos en varios estados de progreso. En una esquina había un fogón, la cocina a fuego abierto de la antigua posada, y encima descansaba simbólicamente una canónica caja de herramientas —de hierro, roja, pesada— con los destornilladores más grandes que he visto en mi vida, varias espátulas encostradas y una caja de tentadores pernos de cobre, venidos de otra época.

Los ruidos que salían del taller durante el fin de semana delataban que Paul le daba constante uso a sus herramientas. Así que me aproximé con cautela las primeras veces que pedí prestado el taladro, el martillo o uno de esos destornilladores gigantes. Paul me sorprendió un día invitándome a usar lo que quisiera. El más hermoso e íntimo gesto de bienvenida.

En las tardes de los sábados, durante la hora mágica, se podían ver las partículas de polvo y yeso en el aire, en estado de suspensión eterna. Era el taller de un constructor, un artesano y un poeta —Paul es escultor—; pero también un bálsamo para la memoria que me llevaba sin vacilaciones al armario de herramientas de mi padre, lleno también de tuercas, válvulas, destornilladores cubiertos de pintura, repuestos imposibles de rastrear y detritos huérfanos de lo que fue su propio experimento de construir una casa. Un armario ahora cerrado, inaccesible, dentro de una casa perdida para siempre.

Refugees TV

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Vía This American Life me enteré de la historia de Basel y Mahmoud, dos refugiados sirios que decidieron convertirse en los reporteros del campo de Idomeni, en la frontera entre Grecia y Macedonia.

La estética es una parodia de las decenas de equipos reporteriles que han pasado por Idomeni. El micrófono es un palo coronado por un vaso de poliestireno y la cámara es el tronco de un árbol con una botella de Coca-Cola. Los reportajes son sobre las cosas que ocurren en el campo, y a veces sátiras dirigidas a las autoridades y ONGs.

Esta es una entrevista con ellos para la televisión vasca, que está bastante bien:

Puedes ver una más larga aquí.

Hace un tiempo los organizadores del campo les prohibieron hacer sátiras, así que se dedicaron a hacer un programa de “Refugees have talent”, que puedes ver visitando su página de videos en Facebook:

https://www.facebook.com/refugees.tv/videos

Mientras leía sobre el tema, me topé con refugee.tv (en singular). Una iniciativa similar en espíritu, pero con mejor producción, más donaciones y la participación de personal austríaco.

Este video, Are you afraid of refugees?, me parece que hace una labor importante:

Los recuerdos de mi ciudad (un aroma de hogar, 2)

colza

Bordeo la medianoche por una carretera comarcal. A pesar de los 9 grados, la primavera deja entrever indicios del verano: el aire frío de la montaña trae recuerdos de los siempreverdes, que se mezclan con el potente aroma de la flor de colza. Pienso que estos olores será lo que un niño en un hotel cercano recordará de los inasibles veranos de su infancia, será el olor de un primer amor en el estacionamiento de una residencia de vacaciones, el olor de una pelea, de un luto, del último viaje juntos. Impresiones sensoriales que durarán el resto de una vida, souvenirs inconscientes que estallan de manera sorpresiva y reaparecen, como el mar en Caraballeda, el metro de Paris, los mercados de especias en Marrakesh, o estos mismos olores, durante una noche como esta, cuando nació nuestra primera hija.