Mi 2016 en cine — 2 de 2

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Estas notas fueron escritas saliendo del cine / cerrando una ventana / apagando la tele, justo después de haber visto algo para compartir y antes de contaminarme con las reseñas. Están aderezadas con links que he ido consiguiendo por allí.

Julio

Soy un tonto por las historias derivadas, público para 10 Cloverfield Lane. Una muestra de cómo manejar la falta de exposición para crear un largometraje a partir de una historia que podría ser contada en 2 minutos.

Especialmente, me gusta la idea de que los que vimos Cloverfield sabemos qué está pasando de verdad. Pero la película se las arregla para ponernos a dudar y solidarizarnos con la protagonista.

Si eres un nostálgico de los videojuegos de los 80s, From Bedroom to Billions es el documental para ti.

Lawrence Fishbourne está muy bien en Batman v Superman. La música y Jesse Eisenberg como Lex Luthor, también
Pero la película tiene un exceso de escenas hechas par a impactar que no sirven a la historia.

Esta cuenta de twitter toma la mejor escena de baile de la historia del cine y le pone distintas músicas.

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Mi 2016 en música — 2 de 2

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Resúmen a lo We Didn’t Start The Fire

Julio: Patti Smith + PJ Harvey en Montreux, Andrés Puche, Christine and The Queens, Porches.
Agosto: Juan Gabriel, Ciudadana Cero, Anil Dash celebrates Prince, Alexandre Chatelard, Andrew Bird, Anderson .Paak, Blood Orange.
Septiembre: Operators en Lausanne, Bomba Estéreo, Jain, Metronomy, Pequeña Revancha.
Octubre: Xenia Rubinos, Devendra Banhart, Bon Iver, Solange, Warpaint, Evan Rachel Wood, Alex Cameron.
Noviembre: Malcom Gladwell, Leonard Cohen, Sharon Jones, Raza e Identidad, Soft Hair.
Diciembre: George Michael, The Avener, Ariana Basciani, Maluma, Childish Gambino, Niki & The Dove.

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El Taller de Paul (las herramientas del emigrante, 2)

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La segunda vez que migramos, llegamos a una casa del siglo XIX, remodelada por sus dueños más recientes, una pareja de exiliados británicos que convirtieron lo que fue una casa de campo, una posada, y una tienda de antigüedades, en su residencia principal. Vivíamos en un anexo y la mitad de ese anexo estaba ocupado por el taller de Paul, un espacio de unos veinte metros cuadrados, dominado por una gigantesca mesa de trabajo, perennemente cubierta con varios estratos de herramientas, manchas de pintura, yeso, escombros y bocetos de proyectos en varios estados de progreso. En una esquina había un fogón, la cocina a fuego abierto de la antigua posada, y encima descansaba simbólicamente una canónica caja de herramientas —de hierro, roja, pesada— con los destornilladores más grandes que he visto en mi vida, varias espátulas encostradas y una caja de tentadores pernos de cobre, venidos de otra época.

Los ruidos que salían del taller durante el fin de semana delataban que Paul le daba constante uso a sus herramientas. Así que me aproximé con cautela las primeras veces que pedí prestado el taladro, el martillo o uno de esos destornilladores gigantes. Paul me sorprendió un día invitándome a usar lo que quisiera. El más hermoso e íntimo gesto de bienvenida.

En las tardes de los sábados, durante la hora mágica, se podían ver las partículas de polvo y yeso en el aire, en estado de suspensión eterna. Era el taller de un constructor, un artesano y un poeta —Paul es escultor—; pero también un bálsamo para la memoria que me llevaba sin vacilaciones al armario de herramientas de mi padre, lleno también de tuercas, válvulas, destornilladores cubiertos de pintura, repuestos imposibles de rastrear y detritos huérfanos de lo que fue su propio experimento de construir una casa. Un armario ahora cerrado, inaccesible, dentro de una casa perdida para siempre.