Sean Connery – El eterno mentor

 Sean Connery – El eterno mentor

El Bond que crearon Sean Connery y el director Terence Young, fue una inspiración para la generación de mis padres. Hoy en día el trabajo de Connery en esas 6 películas resulta afectado, casi cómico, pero esquiva el kitch y lo patético por su presencia en pantalla, por esa arrebatadora media sonrisa con la que suelta sus sarcasmos y doble sentidos.

Un modelo de clase, sensualidad y también de machismo y fuerza (después de todo, Bond es el arma arrojadiza del estado británico). Pero en un modo distinto a sus coetáneos Clint Eastwood y Steve McQueen. Con mujeres intercambiables, modales calculados y una cuenta abierta en Montecarlo, ese Bond fue la representación audiovisual que necesitaba la palabra playboy.

Años después, por la vía de actuaciones secundarias, Connery se reinventó como figura paterna. Comenzando con Juan Sánchez Villalobos en Highlander y repitiendo ese rol en El nombre de la rosa, Los Intocables, La última cruzada, The Rock y Finding Forrester. Durante toda la década los 90s, Sean Connery fue el mentor paradigmático.

Mis papeles favoritos son aquellos en los que representa a un sabio antihéroe, como el que le dio el Oscar en Los Intocables, o el Capitán Marko Ramius en La caza del Octubre Rojo, o Barley Scott Blair en La Casa Rusia. Esta última tiene una relevancia singular: su coestrella, Michelle Pfeiffer, era 30 años menor que él, y se notaba. Con esta película, se ensaya el mayor aporte de Sean Connery a la cultura pop: romper el paradigma de la belleza masculina hollywoodense y personificar al viejo sexy con el que todas querían estar.

A diferencia de otras estrellas maduras como Paul Newman y Robert Redford, Connery nunca ocultó sus años –si algo hizo fue lo contrario: interpretar papeles que lo hacían ver mayor. La prensa femenina deliró con su calva, sus canas y su acento. La revista People lo nombró el hombre más sexy del siglo XX. Todas mis amigas vibraban por el tipo y yo pensaba –pienso todavía– que sería muy cool tener un abuelo-mentor que alguna vez fue un playboy del gobierno británico y a su edad, todavía levanta veinteañeras.

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