Una de las obras que me ayudó a entender qué era ser venezolano, hace muchos muchos años, fue Caracas Sangrante.
Que haya llegado a Caracas Sangrante por la portada de Infecto de Afecto, que eso sea siquiera posible en un país –llegar al arte, a la identidad, gracias a la portada de un disco, entender tu ciudad de otra manera, saber en tus tripas que eres esa portada, esos personajes, y esa ciudad es un horror y un paraíso, pero profano–, parece tan absurdo y demencial que prefiero no contemplarlo. Es un sueño, una pesadilla, un despertar, un sueño.
Tuve el tino y la suerte de decírselo y darle las gracias en una época en la que la identidad pesaba mucho menos. Gracias otra vez, maestro.
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