Mujeres feas con peinados cool

1,2,3 tipos con dreads. 2 desaliñados.

La única mujer hermosa está desarreglada. Un tipo toma cerveza como si fuese Jim Morrison. Está tronadísimo y me hace un pase mientras apoya su codo en la rodilla. El codo se le cae, pierde su suavidad, su frágil compostura.

Es enero y la gente estrena celulares en sitios públicos. Todos muestran sus aparatos, toman fotos, envían mensajes. Todos viven a color.

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Si me pagas, me voy

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Mientras lleno, tacho y corrijo la tarjeta de inmigración con toda la ladilla y la arrechera que da llenar formas innecesarias (especialmente innecesarias en un país en el que todo el mundo está fichado), recuerdo un México-Caracas en diciembre de 2003, luego del cual un agente de inmigración, al ver la dirección de la casa de mis padres, dijo:

-¿Chuao? Osea que tú eres un escuálido.

Y yo, con toda la ladilla y la arrechera que dan cinco horas de madrugada en un vuelo de Mexicana sin peliculita, le escupí:

-Si, y si quieres me deportas pa’ México. Allá parece que soy gente.

A lo cual el tipo mintió:

-Tranquilo que yo también soy escuálido.

Lo más atesorable de este recuerdo no es que el comemierda ese haya recapacitado en medio de su propio horror, ni que en Venezuela la joda sea una defensa infalible, sino que ese intercambio era perfectamente normal en diciembre de 2003 y hoy resulta una atrocidad segregacionista (pajúa, debería añadir).

Así, fríamente, en el gran esquema de las cosas, este cuentico sería irrelevante si no fuese un ritual de transición, un empujoncito más de este guevo e’ goma que nos metieron.

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Justo en el momento en el que voy a quejarme mentalmente por la ausencia de líquidos en la mesa, nuestro mesonero designado para el matrimonio de hoy trae una botella de Etiqueta.

-Señor, esta noche habrá whisky en las mesas. ¿Desea alguna otra bebida?

-No, whisky está bien -alcanzo a decir mientras juro por Dios que, con esa amabilidad, el tipo mínimo está calculando dónde tengo la billetera.

-¿Y desea soda o agua?

Gente seria.

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Vuelve al rato con una botella de Canada Dry, un vaso corto y una cubeta de hielo. Ninguno de los desconocidos de la mesa se mueve. Entiendo que soy el único con afinidades etílicas (¡ae!) y decreto mentalmente que voy a abusar de ese vaso corto hasta que me crea Bond. Esa podría ser la única forma de digerir el supermercado abastecido que recorrí hoy como una atracción turística, o los 1800 km que también hice hoy y repetiré mañana.

Una de mis conversaciones de borracho favoritas comienza con ‘cada vez que tomo Etiqueta, recuerdo los manantiales de Escocia’. El whisky a veces me sabe a agua helada, a naturaleza, vacas peludas pastando y lagos que enmarcan castillos olvidados a cuyos nombres les sobran erres. Esta conversación continua con una afirmación casi categórica: ‘y si es con Perrier, mejor’.

En realidad podría ser con San Pellegrino, Gerolstiener, pero los sparkling water junkies decimos Perrier. En mi ruta hacia la personificación de Daniel Craig descubro, luego del primer sorbo, que la club soda de Canada Dry sostiene un puesto respetable en la categoría de ‘no tenemos mineral con gas, ¿con qué lo desea?’. Allá no hay esa soda, allá hay pecsi-cola y de vaina. Nunca probé un trago tan dulce, tan suéltate la corbata y apoya un codo en la silla de al lado. Qué maravilla de sociedad: sin militares ni complejos importadores. Pura vida, como dicen ellos. Vida para beber en paz, probar cosas buenas y visitar los supermercados sin temor. Vida para vivir como gente, chico.

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