Cityrag rescató una lista realizada en 1994 de los 50 mejores cortos animados y se tomó la molestia de conseguir links de video para 44 de ellos.
En el primer lugar está What’s Opera, Doc? y no podría estar más de acuerdo. Una síntesis de la demencia de Wagner y Chuck Jones en un paquete de siete minutos.
No se pierdan el más reciente de la lista, The Cat Came Back (basado en una popular canción infantil), de 1988. Una joyita.
Gears
Mi experiencia con la tecnología se divide, al menos este año, entre antes y después del 15 de Noviembre. Ese día, una semana después del Emergence Day, llegaron a la oficina dos copias de Gears of War.
Gears no aporta ningún concepto nuevo, todo está en la ejecución. En la conjunción de tres ideas:
Third person shooting, como existe desde… ¿Resident Evil quizás?
Uso de mecanismos de cubierta, similares a los de cualquier tactical shooter desde WinBack hasta ahora.
Juego cooperativo, tal como ha existido desde Doom.
Todo eso envuelto en un brillante paquete de gráfico. Los escenarios en Gears son, en ciertos momentos, conmovedores. Memorables.
Luego de que uno deja de babear por los gráficos y se dedica a ganar el juego, descubre al poco tiempo que es posible unirse a partidas cooperativas y continuar de manera transparente. Perdí la virginidad de varias maneras cuando, a mitad de una misión, I me escribió y me dijo ‘invítame’. Pausa, seleccionar su gamertag, invite to game y, sin detener la acción, sin recomenzar el nivel, sin brincos raros, sin siquiera una pausa para coger aire, I tomó el control de uno de los miembros de mi equipo. Nada como caerse a plomo, sangrar con tus compañeros de oficina un sábado por la tarde (We happy few, we band of brothers)
Ese podría ser el instante en que empecé a vivir en la segunda mitad de la primera década del siglo XXI.
Desde entonces, dedico grandes porciones de mi tiempo libre a cooperar con desconocidos en línea, la excusa perfecta para tener un shot de adrenalina (porque si hubiese que describirlo con una palabra, sería frenético) y revivir esos escenarios que pasé sin detenerme en el paisaje.
Loco
Desde hace años pienso que el mundo necesita más Pac Man. Los juegosno-violentos son escasos porque requieren mucho más cerebro para crearlos. No puedes mentirle a la gente con unas escenas cinemáticas o disfrazar las fallas con plomo.
LocoRoco me impresionó de la misma manera que Katamari Damacy y Lumines lo hicieron el año pasado. Sencillo y al grano, siguiendo el canon de Bushnell, LocoRoco es fácil de aprender pero difícil de dominar. La premisa: eres una plasta de… ¿algo? y debes recorrer un mundo agregando plastas similares a ti para hacerte más grande (y salvar a las plastas huérfanas que hay por ahí). El juego se controla con sólo dos botones, que inclinan la pantalla a un lado o a otro. La gravedad se encarga del resto (más simple imposible).
Mientras recorres los mundos, LocoRoco va cantando una canción única para cada nivel y cada tipo de LocoRoco. Parece infantil, de hecho, a primera vista lo es. Sin embargo, durante las primeras dos horas no pude jugar sin reírme (en momentos, lo confieso, a carcajadas). Sólo eso es un logro. Gracias a su simplicidad, a ese vacío de lógica, LocoRoco evoca a uno esos juegos de la vieja guardia de los que podría extraerse una filosofía de vida.
All the leaves are brown and the sky is gray y entonces uno en pleno escape confundiría California y se mudaría a un pueblo, de esos 80, 95%, 99% chavista y encontraría teta en la única estatal de la región. Silla, mesa, máquina para estudiar láminas de powerpoint sobre la revolución bolivariana mientras se busca una pick-up en tucarro.com.
No es cuento, uno pasaría mañanas enteras preguntándose cuánto tardaría en llegar al próximo pueblo, contemplando lo lejos que queda Caracas, contemplando los tres mil bolívares que cobra el Banco de Guayana aparentemente de manera aleatoria. Pensaría uno en las morocotas que enterraron antepasados en el campo inglés, paraíso perdido cuyo intrincado portón victoriano ahora yace roto y cubierto por la inevitabilidad de la maleza.
Uno estaría preparado. A lo lejos un reggaeton se confundiría con Yordano y eso sería combustible para imaginar dónde se unen los dos. Uno recordaría a Maximino diciendo que no le gustaba mucho Yordano porque era muy agudo, cuando visiblemente, aún cuando uno tuviese sólo diez años, no era un asunto del intérprete sino de la ecualización de un Corcel azul claro con raya blanca que mal imitaba al Fairlane de Starsky&Hutch.
Uno se perdería en un pueblo con el único propósito de anotar cosas en una servilletica mojada, un pueblo donde el olor a fritanga sería testimonio, recuerdo de una buena comida en un lugar distinguido. Donde el gran evento del año sería ir a la plaza a tomarle unas fotos a los niños con la decoración decembrina. Donde uno podría salir a la calle mientras vuelve la luz y espantar a la plaga con un habano que trajo el médico de la misión. Un pueblo donde se bebe con las gaveras al pie de la silla para llevar la cuenta, donde no puedes decir que no quieres otra porque te matan a cuchillo. Un pueblo donde el que se va primero pierde y pierde feo. Un pueblo lleno de secretarias prietas, cabellos lisos recién bañados, que aparecerían en la puerta una tarde nublada y preguntarían si pueden entrar pa ve qué pasa. Un pueblo para escuchar Alí Primera los domingos por la mañana y The Cure después, justo antes de instalarse a ver Venevisión con el cerebro voluntariamente atrofiado, incapacitado para encontrar sinónimos o seguir la compleja trama de las películas de acción. Un pueblo para que, sin razón aparente, en medio de The Cure, las carajitas de la plaza, el monte, la curda, las películas, el bullicio del cyber con playstations, uno pudiese hablar más que perdío cuando lo encuentran mientras cucarachas prehistóricas golpean a la puerta.
-¿Quién es? ¿Quién es? ¿Qué hay de cena? Uno no come gente, pero si es minero, colombiano o viejo fumapiedra, que me lo sirvan rallao, bien blanquito.
Uno diría.
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