«No» means no

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Uno de nuestros temas de sobremesa es la costumbre que tienen algunos de oír «quizás» cuando dices «no». Mónica se apresura a decir que es una costumbre venezolana, pero yo la he visto en el pana serbio y he escuchado historias de como los jefes rusos encuentran siempre la manera de chantajearte para que aceptes algo que no quieres hacer.

Quizás sea una característica y condena de los países pelabola. O quizás pase en todas partes y lo distinto sea el grado de tolerancia que tiene cada cultura a la transgresión del espacio privado. Pedro dice que un tipo llamado Triandis teorizó sobre eso en los 90s.

En mi cultura, «no» es una palabra proscrita. Creemos que es de mal gusto usarla y en esas raras ocasiones en las que a alguien se le escapa, nos corresponde pedir una explicación. Así mantenemos ese código medio disfuncional en el que somos incapaces de expresar nuestra voluntad y a la vez nos parece completamente normal indagar sobre la voluntad del otro. Como nunca decimos «no», pensamos que el otro tampoco tiene derecho a hacerlo.

Una de las cosas más maravillosas de vivir en lugares donde se respeta al prójimo, es que cuando dices “no”, “no quiero» o «no me gusta», tu palabra suele ser final. Mi vida se partió en dos la primera vez que una persona interesada me aceptó un simple «no». Hasta ese momento, vivía sujeto a una constante evaluación de mis razones, rodeado de personas que esperaban respuesta a ese inocente pero transgresor «¿por qué no?». Una pregunta que exigía pre-elaborar justificaciones bizantinas para escaparme de posibles compromisos.

Sólo después de migrar fue que descubrí que puedes negarte sin ser juzgado. Que en el mundo existen lugares en los que todos entienden que la voluntad no necesita justificación y que lo cortés y lo correcto es decir «no» cuando quieres decir no.

 

The Day I Started Lying to Ruth | Peter B. Bach

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El oncólogo Peter B. Bach cuenta cómo fue perder a su esposa:

The streetlights in Buenos Aires are considerably dimmer than they are in New York, one of the many things I learned during my family’s six-month stay in Argentina. The front windshield of the rental car, aged and covered in the city’s grime, further obscured what little light came through. When we stopped at the first red light after leaving the hospital, I broke two of my most important marital promises. I started acting like my wife’s doctor, and I lied to her.

Uno de mis terrores. Mi sentido pésame a quienes hayan perdido a sus parejas cuando eran jóvenes.

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Programming Sucks | Peter Welch

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Peter Welch comienza un artículo sobre los bemoles del oficio de programar con algo que siempre he sentido:

Right now someone who works for Facebook is getting tens of thousands of error messages and frantically trying to find the problem before the whole charade collapses. There’s a team at a Google office that hasn’t slept in three days. Somewhere there’s a database programmer surrounded by empty Mountain Dew bottles whose husband thinks she’s dead. And if these people stop, the world burns. Most people don’t even know what sysadmins do, but trust me, if they all took a lunch break at the same time they wouldn’t make it to the deli before you ran out of bullets protecting your canned goods from roving bands of mutants.

Y luego hace un punto que es la absoluta verdad:

These things aren’t true because we don’t care and don’t try to stop them, they’re true because everything is broken because there’s no good code and everybody’s just trying to keep it running. That’s your job if you work with the internet: hoping the last thing you wrote is good enough to survive for a few hours so you can eat dinner and catch a nap

Un día, en 2019 o así, vamos a despertarnos con una crisis porque el mundo correrá sobre un mashup de JavaScript, todos habremos olvidado cómo escribir y reparar programas no-triviales y algún novato que nunca entendió herencia prototípica introducirá un bug en un sistema bancario que derrumbará  los grandes edificios de occidente.

 

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trabajo

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