Todos mis amigos expatriados tienen algo en común: diariamente visitan el sitio web del periódico venezolano de su preferencia y leen sobre política. Están mejor enterados que yo de lo que sucede y a la vez desconectados de la realidad diaria caraqueña, de esa continua evasión del peligro que me impide —por ejemplo— leer extensos análisis sobre la vida en mi país.
Esos artículos sobre cómo una sucesión vertiginosa de hampones consumió nuestra riqueza petrolera y la propaganda de bienestar de la Agencia Venezolana de Noticias, son las fuentes «objetivas» de conexión que tienen mis amigos con su lugar de origen. Para rematarlos, cuando llaman a casa, sus familias no pueden evitar hablarles de política, porque hace tiempo renunciamos, por solicitud del Gran Hermano, a todos nuestros espacios privados.
Así que mientras tenía una conversación con uno de estos amigos sobre los bonos que emitirá el gobierno y el préstamo que solicitó (solicitamos) a China para financiar proyectos de desarrollo cof campaña electoral cof, sobre cómo los cleptócratas estaban irremediablemente endeudando a nuestros nietos le dije «Un momento. ¿Por qué te preocupa eso?»


