Bajo el mismo techo

IMG_6598

En los años que tengo suerte, la vida me regala periodos en los que mis problemas se diluyen, porque mis padres y mis suegros vienen a visitarnos.

Ellos viven en una zona de conflicto, un país en guerra y cuando están aquí disfruto de ese raro lujo de no preocuparme por ellos —¿amanecerán vivos? ¿conseguirán atención cuando se enfermen? ¿podrán pagar sus cuentas?

Todos podemos inventarnos preocupaciones, pero pocas cosas se comparan con enterarte de que uno de tus padres tiene un problema grave a siete mil kilómetros. Ese es el momento en el que verdaderamente debes apretar el culo.

En estos días estamos todos bajo el mismo techo y siento que de alguna forma les brindamos refugio. La palabra hogar se transmuta en búnker, pero también se conecta con su significado primordial. En estos días todo el amor de la familia arde en un sólo lugar.

Ave Musk

Elon Musk es la personificación del supervillano multimillonario y esa es una de las cosas que más me gusta de él. Los villanos no hablan como Steve Jobs o el Kingpin, allí las historietas se equivocan. Los villanos hablan como tú —en un buen día— y el discurso de Musk está milimétricamente fabricado para encantarte con su torpeza. Elon Musk es el niño mimado de los mentecatos, el Gordon Gekko de los geeks, es todo lo que Bill Gates, Richard Branson y Mark Zuckerberg no pudieron ser y es un regalo atestiguar cómo el dinero puede destruir las estructuras de poder y coronar a un nuevo único falso Dios.

Bienvenido

welcome

Era la primera vez que entraba con mi visa Australiana. En el aeropuerto de Perth estaban más preocupados por la comida que traía, que por mi situación legal. La agente de migración selló el formulario, le dio un vistazo a mi visa y selló el pasaporte.

—Estoy migrando —le dije.
Mirada en blanco.
—Uh… ¿Tengo que hacer algo más?
—No… bienvenido.

Eso. Sin ceremonia. Sin revisión secundaria, sin “cuartico”, sin “espere aquí un momento, señor”.

Al día siguiente fui a registrarme en la seguridad social. Llegué temprano porque soy latinoamericano, un novato en esto del servicio. La oficina estaba vacía.

—Hola… —un poco nervioso— estoy migrando y quería registrarme.

Luego de unos minutos intercambiando preguntas y respuestas, tipeando en la computadora, me lanzó esa palabra de nuevo, como una cachetada:

—Bienvenido.

Lo mismo pasó cuando fui a canjear la licencia de conducir —Bienvenido —con sinceridad. Quizás era mi cara de desesperación y sorpresa. Mi cara de huérfano, de náufrago. O quizás es que ellos son así. Pero nunca olvidaré que mientras en mi país estaban felices de que me fuera, en otro que no me debía nada, estaban encantados de recibirme.