El gran amigo

Releo un comentario viejo de mi papá. Me dice que le mostrará a Luis Nouel mi post sobre la Floristería Bello Monte. “Por supuesto llamé al gran amigo y le comenté tu escrito sobre la floristería y le prometí entregárselo”, escribe.

Un comentario hermoso –mejor que el texto original– en el que también cuenta cómo mi mamá se emocionaba al recibir flores.

De la boca de un mesonero supimos que Luis se había muerto. Nos enteramos con seis meses de retraso. Créanme: una de las peores formas de recordar que somos finitos. El vacío del silencio que sobrevino después se lo tragó todo: el ruido del restaurante, las risas, el traqueteo de los cubiertos al golpear los platos.

Luis nunca supo el papel que jugó en mi vida, vía sus historias de insurgencia, vía la Floristería Bello Monte. La única vez que tuvimos una conversación no-supervisada fue hace una década, un día que fui a comprarle dólares. Casi no me reconoció al verme. Y luego de que me identifiqué, tampoco le importé mucho, era una cara más.

Por las casualidades que no son, también tengo un amigo que se llama Luis Nouel. En uno de los peores momentos de mi vida, Luis me abrió su casa y su familia. Un amigo al que estoy seguro de haberle demostrado cariño. Un amigo que probablemente no reconocerá a mi hijo en la calle cuando sea adulto. Un amigo por el que algún día los cubiertos también guardarán silencio.

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