En mi cabeza parecía sencillo: llego al aeropuerto, espero, lo veo salir, un abrazo proporcional a los años que teníamos sin vernos.
Mientras esperaba, comencé a pensar ¿y si pasa de largo? ¿y si nos hemos perdido para siempre?. No nos habíamos visto físicamente en 12, 13 años, por Venezuela pero también por las decisiones estéticas que uno toma. Miraba a la gente que salía como quien ha perdido algo, tratando de recopilar detalles, unos ojos de otra época, un morral afín, una manera de detenerse y mirar alrededor. Al menos tres tipos pudieron ser él.
En el aeropuerto de Cointrin no hay una barrera que te separe de los que llegan, sólo una banda roja luminosa incrustada en el suelo –algo que siempre me ha parecido muy suizo– no hace falta sino un indicio, una franja simbólica que separa a los que estorban de los que viajan/existen. Junto a mí, una señora lloraba al teléfono, un niño corría como si no hubiese gente. Pensaba que no lo encontraría, pensaba que quizás no debía buscarlo en el pasado, sino en el futuro que le había crecido sobre el pasado, y confiar en que el estrés y la depresión no lo hubieran vuelto irreconocible.
Al final apareció de golpe, un destello de familiaridad. Me dijo que estaba más flaco. Yo pensé que tanto aeropuerto también adelgaza: «deja más idea que cuerpo», habría dicho Enio.
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