Brindis de Navidad

IMG_1251

–¿Y por qué cosa vamos a brindar? –me pregunta Leocenis, el pana cubano. Estamos en la fiesta de fin de año de la oficina y anticipa que entenderé la pregunta. Coloco el pan de jamón sobre el plato y me sirvo un trago.

–¡Viva Cuba libre! –grito por encima de la gente. No lo imaginé como un grito. Pero bueno, salió como un grito. Es la tercera vez que hacemos este brindis, así que bien vale gritarlo.

–¡Viva Venezuela libre! –grita Leocenis.

Bebemos. Quiero preguntarle… pero Leocenis se me anticipa: «¿Sabes cuántas veces he dicho eso?”, pregunta retóricamente, con esa sonrisa de medio lado que nos une.

Pienso que esta es una escena que todo latinoamericano entiende. Uno de esos momentos en los que el concepto del exilio se me viene encima, como si uno de estos dictadores le diera un giro al puñal clavado en mi espalda.

Un lugar para desaparecer

IMG_0153

Cada vez que visito una caleta, una playa desierta, un lugar escondido, pienso –como muchos– en la posibilidad de quedarme a vivir ahí, anónimamente, lejos de ese mundo de tercera categoría que me persigue y define. Los lugares más tentadores son como Rottnest Island, frente a la costa de Perth en Australia Occidental, un paraíso cercano a las comodidades y suministros de la ciudad.

Los plutócratas rusos prefieren esconderse en sus palacios kitsch, construidos a medida en la Costa del Sol. Pero el mundo está lleno de lugares más civilizados que no aparecen en televisión. Si fuésemos fugitivos, nos escaparíamos a una pequeña ciudad de Europa Central. Un lugar lejos de los folletos turísticos, opulento y simple a la vez. Un lugar que nadie sabe que existe y sin embargo tiene cines, supermercados, trenes, bares; en fin, las comodidades a las que uno no debería renunciar durante la huída.

Hay una razón de porqué Suiza es Suiza: Mitteleuropa es el lugar para desaparecer. Sus habitantes han hecho de la discreción su principal industria.

Elegiría una calle arbolada, una… grünen? gesäumte straße? en Biel, Linz, Heidelberg, Landsberg am Lech o cualquier otra pequeña ciudad bautizada por su río. Allí, lejos del largo brazo de la memoria, diluiría mis culpas entre contadores, filatelistas, bromatólgos, poetas y criminales anónimos.

Mi único problema sería controlar esta añoranza de mar.

Un mendigo colapsa

IMG_3779

Un mendigo africano lleva desechos de McDonald’s acunados en sus brazos. Pasa frente a una de las bocas del metro, trastabilla, vuela, cae. Queda retorciéndose, boqueando en el suelo como un pez borracho, asfixiándose de oxígeno en un arco de hamburguesas y papas fritas.

Varias personas disminuyen el paso y hacen el amago de ayudarlo, pero el mendigo los asusta. Babea, grita oraciones ininteligibles. Habla en lenguas y su palabra se escucha por encima del tráfico, reverbera en los edificios.

Alguien le regala un cigarrillo a punto de terminar. La seguridad de transportes sale del metro a cuidar las escaleras. De pronto, entre la masa, aparece un grupo de dos chicas y un chico –modelos de revista– caminan resueltos, cargados de compras. Se detienen frente al mendigo y con diligencia, como si hubiesen entrenado para este momento, comienzan a vaciar una bolsa de Salvatore Ferragamo. Trasvasan cientos de euros en mercancía frente a todos, lenta, mecánicamente.

En esa bolsa satinada recogen los restos de McDonald’s. Luego colocan la bolsa junto al mendigo, quien sigue babeando, balbuceando, fumando, y ahora carcajea y sonríe, vencido en el suelo. Feliz.