Paren a la Internet, que me quiero bajar

banda estrecha

En estos días he estado experimentando con dojo, un popular framework de javascript.

Como sucede cada vez que aprendo una nueva herramienta, Google ha sido mi escuela. Buscando como migrar un código de prototype a dojo, he encontrado un montón de artículos escritos entre 2006 y 2008. Antiguos manuscritos del mar muerto, en tiempo de Internet.

Nada de lo que dicen estos artículos es útil o aplicable en el día de hoy. Nada.

(La Internet debería tener una especie de archivo muerto. Un lugar para desterrar toda la información sobre las cosas que ya no sirven –entiendo que el algoritmo de google hace algo de esto. Pero no lo suficiente)

 

Mucha, mucha data

Según Eric Shcmidt, cada dos días creamos tanta data como toda la generada por la humanidad hasta 2003. Y aunque la mayoría de lo creado diariamente dudosamente podría ser calificado como “información”, no deja de ser impresionante. Porque en el fondo, toda esa data es cambio.

No sólo se trata de que estamos vertiendo más aspectos de nuestras vidas en internet (twitter, Facebook, blogs, foros). Sino que cada vez somos más. Y por esa magia de la ley de rendimientos acelerados, por un asunto de masa critica, cada vez avanzamos más rápido. Los gráficos de tendencias se comprimen y desarrollos trascendentales para la humanidad se hacen moda y desaparecen en cuestión de meses.

La red social que destronará a Facebook –si llega a existir– no tardará 4 años en masificarse. Sino 6 meses.

 

El futuro no nos necesita

Hace muchos años, Bill Joy publicó en la revista Wired un artículo unánimemente elogiado.

En Porqué el futuro no nos necesita, Joy escribe sobre el Unabomber, biotecnología, ciencias de la computación y la singularidad de Kurzweil. Un poco de todo. Pero este párrafo cambió mi forma de ver el mundo:

Quizás siempre es difícil ver el impacto mayor mientras estás en el vértice de un cambio. El fracaso para entender las consecuencias de nuestros inventos mientras estamos en el rapto del descubrimiento y la innovación, parece ser una falla común de científicos y tecnologistas; desde hace tiempo hemos estado empujados por el deseo totalizador de saber, que es la naturaleza de la búsqueda científica, no detenernos a contemplar que el progreso a tecnologías más nuevas y poderosas puede asumir vida propia.

Bill Joy asumía una postura apocalíptica y yo compré la idea. Con el tiempo, me he convencido de que este fallo por entender las consecuencias de nuestros inventos no necesariamente tiene que ser nocivo. He empezado a pensar que complementarnos con software (reconocimiento de caracteres, video en la web, aplicaciones móviles, redes sociales, etc) es parte de nuestra evolución como especie.

Para mi, lo más fascinante de la singularidad de Kurzweil, es su aspecto cuasi-místico: nuestro cerebro no está diseñado para entender un mundo en el que los avances científicos y tecnológicos estarán dirigidos por inteligencias artificiales.

La idea de un mundo gobernado por inteligencias artificiales nos parece loca, muy loca. No podemos entender un mundo de avances logarítmicos por las mismas razones que no podemos entender el teorema de los infinitos monos de Borel.

 

Somos muchos y tenemos el software para hacerlo

En 2011 tuvimos las primeras revoluciones habilitadas por redes sociales. No hay líderes, no hay programa. Nadie entendió nada. En 2011 ocurrirán cambios que hace 5 años eran imposibles de lograr en 12 meses. Y casi todos estos cambios serán posibles gracias al número sin precedente de personas interconectadas que están creando contenidos y, sobre todo, creando software.

Dos ejemplos puntuales: cada día hay más personas mejorando los navegadores de internet. Chrome y Firefox, con seguridad dos de las aplicaciones más usadas del mundo, reciben actualizaciones importantes (no únicamente arreglos, como antes) cada trimestre, en vez de cada uno o dos años. Pasamos del beta permanente de la web 2.0, al versionamiento infinito.

Por eso, casi todo lo que consigo sobre programación en internet es obsoleto. FREE, de Chris Anderson, le voló el cerebro a más de uno. Dos años después, decenas de imperios se han construido sobre la economía de la gratuidad. Las charlas de TED de 2007 son casi cómicas en su candidez. La internet está llena, no, plagada, de ideas que han sido capturadas, aplicadas y desechadas a una velocidad inconcebible. Esto se debe a que somos muchos y tenemos el software para hacerlo.

Procesar, condensar, resumir la información que generamos cada dos días nos llevaría años. Y sin embargo, seguimos. Entendemos que, como dice Shirky, no hay sobrecarga, sino una falla en los filtros. Así que inventamos nuevas formas de consumir información y ahora, luego de haber medio comprendido que, con un teléfono celular, podemos convertirnos en dioses del conocimiento, hemos desarrollado una habilidad natural para intercambiar patrones de relevancia y operar en una realidad virtual paralela.

Dos mil millones de personas tienen acceso instantáneo al conocimiento. Más allá de todo lo trascendente que esto pueda ser, estamos en el punto en el que debemos redefinir nuestro concepto de cultura desde el punto más elemental: ¿qué significa ser una persona “culta y bien leída”?

Hoy una persona con aspiraciones a ser culta no puede hacer como antes y encerrarse a leer los 100 libros más importantes de la humanidad, porque a esta rata de crecimiento, cuando termine se encontrará con 100 libros más que son absolutamente esenciales para entender el mundo en el que vive (y vídeos y discos, artículos e infografías). Estamos en un punto en el que las habilidades para filtrar contenidos y usar buscadores definen lo que es ser “culto”. Dentro de poco, una persona no podrá ser culta sin ayuda de software. Luego, llegará el momento en el que el software intuirá lo que nosotros necesitamos saber.

Todo eso ocurrirá durante esta década y como escribió Bill Joy, no nos detendremos ni un momento a pensar en las consecuencias.

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