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La Crucifixión Rosa

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Ha debido ser un jueves en la noche cuando la conocí por primera vez –en el salón de baile. Me reporté a trabajar en la mañana, luego de dormir una o dos horas, con el aspecto de un sonámbulo. El día transcurrió como en un sueño. Luego de la cena me quedé dormido en el sofá y desperté completamente fresco, puro de corazón, y obsesionado con una idea –poseerla a cualquier costo. Caminando por el parque me debatí entre cuál tipo de flores enviarle con el libro que le había prometido (Winesburg, Ohio). Me acercaba a mi trigésimo-tercer año, la edad de Cristo crucificado. Una nueva vida se presentaba ante mi, si tuviese el coraje de arriesgarlo todo. En realidad no había nada que arriesgar: estaba en el peldaño más bajo de la escalera, un fracaso en todo el sentido de la palabra.
-Henry Miller, Sexus.

Hace más o menos quince años leí esto por primera vez. Sudé durante los primeros cuatro capítulos, cien páginas en total. Eso, sudé, literalmente, de la emoción, del asombro. Fue neurocirugía con abrelatas, una lectura epifánica. La primera que no pude explicarle a mis padres y, quizás, el inicio de un tránsito hacia la soledad que experimentan los fanáticos conscientes.

A la mitad de Plexus me gradué de la universidad. Conocí a un amor. Viajé sin dinero, con un morral, una cámara super-8 y El Coloso de Maroussi.

El último volumen de la Crucifixión Rosa lo leí durante el paro petrolero. Una más de esas experiencias intelectuales que en otras circunstancias hubiesen sido intrascendentes; pero que los amigos acordamos –tácitamente– que fueron nuestro único escape del horror de aquella batalla.

Tiendo a no revisitar autores que me han impresionado, soy bastante capaz de destruir lo que idolatro (luego de esta transcripción, mi copia de Sexus ha vuelto a su lugar). He leído los libros, visto las películas, peregrinado secretamente –en silencio– a la Place De Clichy, al 4 de la Avenue Anatole, al 18 de Villa Seurat, a ese recodo hermoso y perdido de Big Sur y al cruce de la 46 con Broadway, donde Henry Miller conoció a su primer agente de cambio, su segunda esposa, la protagonista de estas novelas. Todo esto sabiendo que gastaba energía en un autor menor. Un charlatán, si se quiere.

Pero de eso se trata el amor, y la gratitud.

Hace más o menos quince años, los treinta y tres me parecían un tanto lejanos. Tenían cierto aire de «mitad», en vez de una –mucho más tangible– sensación de «mitad del comienzo». Pero entendí, allí y en ese momento, con ese primer párrafo, que si existía una edad poética para renacer, era ésa. Ésta.

destacados, notas, todos vamos a morir

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Daniel Pratt

Emprendedor, artista de calle, aficionado a los medios sociales, fan de PHP, amante de psql, geek. Vamos a morir pronto. Lo que queda es amar, disfrutar de nuestras glorias, miserias y afinidades electivas.

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