Esta semana en el baño: Berlín, de Jason Lutes

A principios del mes pasado, vi La Cinta Blanca, de Haneke. Digan lo que digan, para mi se trata del ascenso del fascismo en Alemania. Así que aproveché el impulso para leerme los dos primeros tomos de Berlín, de Jason Lutes

Berlín es una trilogía de novelas gráficas que relata las vidas cruzadas de una docena de personajes de todos los estratos sociales en la Alemania de entreguerras. Con algunos silencios clave, un brillante uso de los pensamientos en las escenas callejeras, un excelente dominio de las viñetas y una tristeza demoledora, Lutes muestra el progresivo deterioro del tejido social y de alguna forma hace obvio e inevitable el enfrentamiento entre radicales que llevó a Hitler al poder.

Una historia que nos llega de cerca a los que hemos sido testigos y actores en algún proceso histórico similar.

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El gran amigo

Releo un comentario viejo de mi papá. Me dice que le mostrará a Luis Nouel mi post sobre la Floristería Bello Monte. «Por supuesto llamé al gran amigo y le comenté tu escrito sobre la floristería y le prometí entregárselo», escribe.

Un comentario hermoso –mejor que el texto original– en el que también cuenta cómo mi mamá se emocionaba al recibir flores.

De la boca de un mesonero supimos que Luis se había muerto. Nos enteramos con seis meses de retraso. Créanme: una de las peores formas de recordar que somos finitos. El vacío del silencio que sobrevino después se lo tragó todo: el ruido del restaurante, las risas, el traqueteo de los cubiertos al golpear los platos.

Luis nunca supo el papel que jugó en mi vida, vía sus historias de insurgencia, vía la Floristería Bello Monte. La única vez que tuvimos una conversación no-supervisada fue hace una década, un día que fui a comprarle dólares. Casi no me reconoció al verme. Y luego de que me identifiqué, tampoco le importé mucho, era una cara más.

Por las casualidades que no son, también tengo un amigo que se llama Luis Nouel. En uno de los peores momentos de mi vida, Luis me abrió su casa y su familia. Un amigo al que estoy seguro de haberle demostrado cariño. Un amigo que probablemente no reconocerá a mi hijo en la calle cuando sea adulto. Un amigo por el que algún día los cubiertos también guardarán silencio.

¿Cómo escribir un adiós?

La mayoría señala lo obvio: «aprovecha, despídete bien de tus amigos, no los verás más. Disfruta a tu familia» y cuando dicen «familia», pienso en que no atenderé la primera caída grave de mi madre, que no seré testigo de ese corto cáncer que anulará al viejo, o de la inescapable caída de naipes que orfanará a mis primos.

Los más poetas, me recuerdan que debo despedirme de la ciudad. Que no debo odiarla en el adiós. «…así como a las mujeres», susurran.

Pero todos encuentran razones para escapar. Todos comprenden.

Excepto ellos.

Cada vez que entro a la habitación, los enfrento. Todos los días me esperan allí, invariablemente desilusionados, severos, incrédulos. Ellos y yo sabemos que no hay forma elegante ni sensible de hacer esto, porque ¿cómo se despide uno de cuarenta años de libros?